Son muchos los recuerdos que
quedan del uso político partidista que los Estados realizaron a lo largo del
siglo XX de los acontecimientos deportivos. Los más no rehuyeron la tentación
de utilizar a deportistas por bandera, denigrando hasta límites insospechados
la esencia social del deporte. Fueron tiempos de apasionamiento ideológico y,
frente a la fuerza de las armas y la debilidad de la argumentación del
pensamiento político, se recurrió a la exhibición del poder deportivo como
señal de identidad de imperio de raza o nación.
Ello fue posible porque se
favoreció el enfrentamiento a la competición cuando la organización de los
eventos internacionales por sus costes se reservaron en gran medida a los
Estados. De este modo la política deportiva adquirió una trascendencia
desproporcionada a la singular relación entre deportistas como era lo natural.
En ese siglo el Estado en gran parte del mundo vino a configurarse como
exponente ideológico de una revolución y se sirvió del deporte para mostrar la
bondad de su efecto político sobre los ciudadanos.
En el siglo XXI, en proceso
de distensión, convendría repensarse si no sería conveniente para le deporte el
relajar esa dependencia al Estado y favorecer que fueran las federaciones
territoriales quienes estructuraran las competiciones de modo apolítico, o sea,
en función de la capacidad competitiva de las demarcaciones y no de su
adscripción a un Estado determinado. Esto podría favorecer el deporte en sí e
independizarlo de las múltiples tentaciones de hacer de él un elemento de
confrontación. La violencia que, con más frecuencia de lo apetecido, se instala
en los espectadores de un evento deportivo no es ajena muchas veces a motivos
reivindicativos contra agravios políticos padecidos por una determinada
potencia extranjera. Se recurre a la amplia difusión social de muchos acontecimientos
deportivos internacionales para mostrar su desacuerdo - a veces odio - al
Estado cuyos deportistas participan.
Creer en el deporte de
competición es creer en las relaciones sociales que lo soportan como unas
relaciones humanas favorables a la integración de las personas. Todo deporte se
difunde de acuerdo al número de competiciones que posibilitan practicarlo y en
su naturaleza esas relaciones serán tanto mejores cuanto más de deporte
entrañen y menos lastre de confrontación ideológica arrastren. El deporte tiene
como fin particular favorecer el desarrollo psicomotriz de la persona y como
fin social el ejercicio de los valores de relación, haciendo de la persona un
ser más grato consigo mismo y con los demás. Cuando se tergiversa esa armonía y
se utiliza al deporte para la promoción política, la naturaleza misma del
deporte se resiente y se crea un conflicto entre la buena relación del círculo
del deporte y los intereses cruzados de quienes aspiran a otras intenciones.
Si el deporte internacional se ajusta sólo a criterios de
competición deportiva y no a valoraciones patrias, si se articulan en torno a
las federaciones y no a los Estados, si se favorece una mayor vinculación del
grupo social que lo practica y sus representaciones, se logrará aislar la
tentación de los políticos a tanta manipulación y a encauzar a los deportistas
por un mayor reconocimiento de que los eventos deportivos sirven para hacer
afición y no patria.
me parece muy interezante ya que el deporte a evolucionado de forma que es uno de los fenomenos sociales que en la actualidad tienen un gran inpacto dentro del entorno social tal es el caso de el mundial de futbol el cual de cierto modo se paraliza el mundo con este evento social.
ResponderEliminarno solo el mundial de futbol paraliza el mundo tambien la obra maestra del baron coubertain, como lo son las olimpiadas, cabria mencionar que el deporte es un fenomeno social que impregna todos los estratos sociales y permite estrechar lazos de confraternidad y amistad.
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